Saturday, February 28, 2015

¿Indio o hindú? Un caso de neocolonialismo lingüístico

El pasado mes de enero, en una entrevista con Vanguardia Liberal, me preguntaron si en español de decía “indio” o hindú” para referirse a los nativos de la India. Respondí que aquel era un ejemplo del neocolonialismo, fuerza paternal y anónima que cohibe al ex-colono del dominio de su propio idioma. “Indio”, de hecho, fue empleado por más de quinientos años como sinónimo de “indígena” en todos los países en que se hablaba español. Recientemente, a causa de la globalización, ha surgido la peregrina teoría de que el término correcto es “indio” y que “hindú” debe ser empleado solamente para quienes practican el hinduismo como credo. ¿Cuáles son las causas de esta repentina idea, tan ampliamente divulgada, incluso contra los preceptos de la Real Academia de la Lengua Española? El concepto parte de los mismos hindúes, quienes emplean en inglés el vocablo “Indian” para referirse a los nativos de la India y “Hindi” para referirse a quienes practican la religión hindú. Dado que el inglés es una de las lenguas oficiales de la India, empleada durante décadas de guerras de independencia, los indostanos distinguieron dichos vocables al punto que ya es una ofensa para un hindú del sur, esto es, un tamil, que lo llamen “Hindi” en una lengua que ellos consideran cuasimaternal. 



Las primeras críticas al uso de la palabra “hindú” en español parten comprensiblemente de los hindúes que estudian el español como un idioma derivado del inglés, supeditado a sus vaivenes lingüísticos. El creer que la semántica de dos términos idénticos en lenguas emparentadas es la misma en una y otra es una presunción que se presta a equívocos, y es muy generalizada incluso entre hablantes hispanohablantes. Alfonso Reyes nos habla de una guerra que impidió entre Argentina y Brazil durante su estadía en Buenos Aires como embajador de México, en razón de la confusión que se dio en la prensa por el término “apenas” : en tanto que “apenas” en español es sinónimo de “a duras penas”, en portugués significa “solamente” o "difícilmente”. “Apenas ganha eleições” es una hazaña presta a ser malinterpretado por hispanohablantes que acusan una burla en la victoria.


La causa principal de esta confusión deriva no tanto de las raíces latinas y griegas que mancomunan al castellano con el inglés, sino del neocolonialismo aún imperante en la India, en donde el inglés devino referente obligado de disputas lingüísticas entre las 19 lenguas oficiales del Indostán: si hay algo que corregir acuden a la lengua de Shakespeare -cual huérfano que acude a su madrastra-, empleándola literalmente, tal y como ocurre con el español de los puertorriqueños: “Vamos al mall”. 


En el español, a diferencia del inglés, es muy fácil distinguir términos con varias acepciones por su contexto. Así, por ejemplo, sabemos que en la frase anterior “español” no se refiere a alguien oriundo de España, sino a un idioma de la península ibérica. El castellano es, por lo demás, como el francés, una lengua de análisis, rica en adjetivos sustantivados: “No todos los hindúes son vegetarianos, sólo quienes practican el hinduismo”. 


Decir “tengo varios amigos indios” es, por lo tanto, academicista en un continente en donde los indígenas aún se refieren a sí mismos como “indios”. ¿Y que ocurre si la globalización nos obliga a distinguir ambos términos como ocurre en la India? En tal caso valdría más emplear el término “hindi” para referirse al practicante de la religión hindú. Un neologismo con seguridad tendrá mejor fortuna que una corrección aparatosa, si acaso humillante, por no decir confusa, sobre millones de parlantes.

El mismo razonamiento se aplica a "India" sobre la India, una transliteración del inglés que sacrifica el artículo castellano. Tal es la presión de los internautas que la RAE acepta hoy por hoy ambas acepciones. 

Otro dilema lo plantea la semántica despectiva que el vocablo “indio” conlleva, hasta el punto que los intelectuales prefieren hablar de “indígenas”. La acción afirmativa ataca estos vocablos, llegando incluso a prohibirlos, tal y como sucedió con “nigger” en los Estados Unidos. La práctica ha demostrando, sin embargo, que las palabras condenadas adquieren un uso más fuerte en las mazmorras del insulto.


Wednesday, June 11, 2014

El artista audiovisual latinoamericano, a las puertas de la utopía




Resumen: Ante el auge contemporáneo de la comunicación audiovisual y del acceso a bajo costo a las plataformas multimediales, el autor analiza la crisis de los centros de producción cultural y su relación con las dinámicas de producción audiovisual en el mundo globalizado. En razón de sus problemas económicos y sociales, y en virtud de sus riquezas naturales, los directores audiovisuales de Latinoamérica reúnen las condiciones idóneas para la representación de una nueva utopía.


1. La crisis de los centros de producción cultural



En 1982, en su ”Sociología de la Cultura” Raymond Williams recobró la definición de cultura cuestionada por los émulos de Herder -cuya concepción original fue recientemente recobrada en el contexto de la ilustración (Denby, 2005)-, con el fin de estudiar las relaciones de producción cultural entre artistas, intelectuales, burócratas y espectadores. Las universidades, las escuelas de arte y los movimientos de avant-garde eran allí centros de lo que el padre de los estudios culturales británicos denominó la producción cultural asimétrica. El arte y el pensamiento crítico del siglo 20 palidecía, por contraste, ante la simetría -o reciprocidad económica- de los medios de comunicación masiva.   Cuatro décadas más tarde las relaciones sociales son revaluadas en razón de los cambios tecnológicos, una acción que ya Williams había anticipado a partir de las variaciones que la producción cultural manifestaba al vaivén de las innovaciones tecnológicas. Hoy Wikipedia, las redes sociales y el generalizado intercambio de películas y libros electrónicos amenazan con reducir las universidades y los medios de comunicación a un rol meramente institucional y de vigilancia.
 

La producción cultural se ha tornado ubicua, y el poder de los medios de comunicación de seleccionar y desdeñar noticias se ve condicionado por las tópicos de moda entre los internautas. La pesadilla de Spengler y Orwell, aquella de un universo de hombres que cedían su capacidad de pensar a periodistas y tiranos, pareciera diluirse en los albores de la globalización. Pero al tiempo que los problemas tecnológicos de antaño encuentran soluciones innovadoras en razón del desarrollo impulsado por las grandes corporaciones, el problema del daño a la ecología se acentúa, a la par que los mecanismos de censura a la libre expresión se delinean con más fuerza. Y si la modernidad cultivó la premisa de una prensa libre, el siglo veintiuno evidencia los condicionamientos de dicha ilusión; el lenguaje imparcial de los periodistas se ve confrontado por formas de expresión que si bien no eran ajenas a la literatura parecían haberse desgastado en un mundo puritano, subproducto de la reforma protestante y la contrarreforma católica (Guillebaud, 1998).  Las burlas inapropiadas de Aristófanes, las indecencias de Pantagruel y las anatemas de Quevedo encuentran hoy expresión en las plataformas multimediales de las redes sociales, en donde la información audiovisual predomina sobre la escrita: en donde el verso prueba ser más contundente que el poema, la anatema más efectiva que el ensayo, la música más conmovedora  que  el  discurso,  y  el  sentido  común  más  valedero  que  la  ley.  El  ideal  del espectáculo completo wagneriano vive hoy en la arena virtual, en donde la moralidad se ve continuamente reformada por tendencias de comportamiento universal.

2. Génesis de las abducciones

En un estudio prospectivo realizado en el 2007 para el Ministerio de Cultura de Colombia, concluimos que el énfasis para el desarrollo del audiovisual en Colombia no debía centrarse en el conocimiento tecnológico, sino en el estudio humanístico del cine como arte y del audiovisual como medio de expresión cultural, refinado mediante el estudio exhaustivo de las técnicas de guión audiovisual.   Entonces anuncié el fin de la emulsión fotográfica a una concurrencia escéptica que aún trataba con condescendencia el video digital; la definición de cámaras como la RED 6k Dragon le han dado el coup de grâce a la emulsión cinematográfica. Dicha hipótesis partió entonces de una analogía con dos procesos tecnológicos afines: 1) la imprenta, que se impuso sobre el manuscrito en razón del auge de una clase burguesa capaz de leer publicaciones impresas, y 2) el auge del sonido sincronizado sobre el mimo, muy a pesar del grado de perfeccionamiento del cine mudo. En ambos procesos surgieron medios de reproducción cultural al alcance de un público ávido de innovación tecnológica: el bajo costo del libro y la película sonora propició la recepción de nuevas tecnologías, del mismo modo en que el audiovisual casero se propaga hoy en razón del bajo precio de los computadores y los teléfonos inteligentes.


Los escritores clásicos creían que la historia debía estudiarse para evitar los errores del pasado; el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov acuño en 1950 -tras su relectura de la obra de Edward Gibbon “History of the decline and fall of the Roman Empire”-, el término Sicohistoria para referirse a la capacidad del intelectual de descifrar el futuro mediante el estudio del pasado, ciencia interdisciplinaria entre la matemática, la sicología y la historia; dicho proyecto arrojaría luz sobre uno los interrogantes de la lógica propuestos por Charles Pierce.   En sus Collected Papers Peirce (1931) formula las abducciones como aquellas pertinentes a las hipótesis. La abducción es, en sus palabras: “el proceso de formar hipótesis explicativas (…) La deducción prueba que algo debe ser; la inducción muestra que algo es de hecho, operativo. La abducción sugiere sencillamente que algo es” (V, 171). Su perplejidad lo conlleva a preguntarse sobre las condiciones para la formulación de una abducción (V, 171).
 

Carl Sagan menciona en la serie de televisión Cosmos (1980) que fueron la ausencia de explicaciones plausibles sobre la organización del universo las que llevaron a Kepler a postular su nueva organización del cosmos. No obstante, Peirce no escribió sobre la formulación de abducciones en la historia, la literatura y la filosofía -columna vertebral del humanismo desde el pensamiento griego-, sin duda porque la abducción corresponde propiamente al juicio literario. Los Ensayos de Montaigne son un compendio de abducciones sustentados con lecciones de historia y poesía grecoromana. La poesía filosófica, como la llamaría Novalis, acabó emulando el discurso de la historia, validando el antiguo postulado de Aristóteles sobre la ascendencia de la poesía, “más filosófica que la historia” (Poética, i451b-8). Rousseau emplearía libremente la fábula literaria y el genero confesional como medio de disuasión; El Contrato Social fue en su origen una utopía modelada desde la historia.

3. Procesos dinámicos de comunicación audiovisual en la era globalizada
En 1991 Francis Ford Coppola confesó en Hearts of Darkness: A Filmmaker's Apocalypse (1991) que el cine acabaría el día que una niña cogiera una cámara portátil y rodase una película prodigiosa. Pero en una era en que es posible realizar cine con escaso presupuesto, el cine aún requiere altos costos para su producción y distribución, escollo que hoy distingue el cinema de Hollywood de aquel de los países emergentes, cuya mayor aspiración es la de obtener un Óscar a la mejor película extranjera o cuando menos participar en uno de los festivales de cine y video de Europa o Estados Unidos. El monopolio de los medios de comunicación juega un papel preponderante en la ascendencia de Hollywood, pero también décadas de hacinamiento del público global en la caverna platónica. Una de las experiencias que más me asombraron al momento de realizar una película sin presupuesto con mis estudiantes en la UNAB, fue la marcada preferencia que ostentaban hacia los autos nuevos, las ropas de marca y los aparatos costosos; poco importaba que su protagonista fuera de clase media: los estudiantes querían, en palabras de uno de ellos que el filme quedase “como uno lo ve en cine”. La moda identifica los hogares con las viviendas, los vestidos con los personajes y las camas con los edificios en su esfuerzo condicionado por crear diferencias sociales. Un joven puede vivir en una habitación compartida , en un pequeño estudio o en una mansión. Incluso podemos hacer del mundo nuestra casa, como los bárbaros de Tácito, pero el cine convencional ha educado a nuestros ojos en divisiones entre ricos y poderosos; las excepciones confirman la regla, tanto el Cinema Novo como el cinema soviético del fin de la guerra fría.
 

El arte de la cinematografía, primero desarrollado por payasos, magos y empresarios de vaudeville, ha sido el arte del espectáculo desde sus inicios, tal y como Max Horkheimer y Theodor W. Adorno entendieron dolorosamente en 1944 en su Dialéctica del Iluminismo. Se espera que las películas comerciales ostenten el atractivo especial a la vanidad. Después de todo, ellas son el espejo del vicio y la virtud, reproductor de costumbres y de modelos de comportamiento. La representación de una pandilla de torsos humanos y enanos que toman venganza contra los sanos en Freaks(1932) de Tim Browning acabó siendo insoportable para una sociedad incapaz de compadecerse de los intocables.
Magia, acrobacias y espectáculos de variedades conformaron inicialmente la estética del cine mudo. Sherlock Holmes Jr. de Buster Keaton (1924 ) organizó crímenes y persecuciones acrobáticas en un mundo de ensueño melodramático. El enfoque cómico de Keaton sobre el crimen  fue  reinterpretado  por  el  cine  negro,  un  movimiento  más  cercano  al  expresionismo alemán que a la comedia del slapstick.
 

Las películas comerciales de hoy son construcciones artísticas condicionadas por una cultura del exceso. La crítica social de Ladrón de Bicicletas ( 1948 ) fue recibido y archivado en las bóvedas de la historia del cine. Europa, después de todo, ya se ocupa de los desempleados.  Pero la llama de la inconformidad con ese mundo de sombras y apariencias continuó viva -baste mencionar las obras de Godard y Kiarostami-. La representación dramática, esto es, en la representación de las relaciones humanas, ha pasado a un segundo plano y ya no se especula sobre las distinciones entre arte y entretenimiento. Quien desee conocer al alma americana ha de hacerlo a través de la literatura y el teatro. Pero las reacciones contra el monopolio cobran fuerza. Dame un actor, una cámara y un computador y te haré una película, es el lema del Cinema ingenioso. La actuación es a la la cinematografía lo que el conflicto a la escritura de guiones. No precisamos ver a los personajes en grandes decorados y ropas por estrenar para comprender sus dilemas.  Una  vez  que  aceptamos  el  cine  en  su  esencia  vemos  los  escenarios  y  vestuarios fastuosos como lo que realmente son: decoración.
 

Desde mi primera juventud leí los escritos de Grotowski sobre un teatro pobre. Trabajando con actores que no eran profesionales producimos 4 obras de teatro sin presupuesto en Colombia entre 1992 y 1994. Los escritos sobre teatro de Pavis, los estudios de Deleuze sobre el cine y los pensamientos de Zeami sobre la actuación me convencieron de la naturaleza simbólica de la representación. Durante mis años en la Universidad de Temple observé y analicé en detalle las obras maestras del cine del siglo 20. La economía, versatilidad y profundidad de las películas de Dreyer, Welles y Buñuel fueron mi punto de referencia para mi primer proyecto ambicioso: Hamlet Unbound (2012) una adaptación iconoclasta de la gran tragedia de Shakespeare. Empezamos la producción en invierno de 1997, prolongándola hasta agosto de 1998, cuando me ofrecieron un puesto de profesor en la Universidade Católica Portuguesa. La precaria situación de la tecnología digital y mi investigación académica retrasó su pos-producción una década.



En 2005 fungí como profesor en la Facultad de Artes Audiovisuales de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. El reto del programa emergente era considerable. Se me pidió que enseñara a los estudiantes cómo producir y dirigir programas de 24 minutos en una ciudad  sin  industria  audiovisual,  sin  solo  grupo  de  teatro  profesional.  Los  objetivos  se cumplieron mediante la creación de un taller de actuación abierto a la comunidad. Fruto de dicha experiencia fue el filme Los Crímenes de Kennedy (2011) una película basada en mi obra de teatro homónima. Contra todo pronóstico, la película se rodó en cuatro días con la ayuda de cuatro estudiantes y un presupuesto de US4,000 dólares. 


    Carlos Fuentes prescribió en 1995 que así como hay un primer mundo en el tercer mundo, existe un tercer mundo en el primer mundo. Las prácticas del Cinema Ingenioso están así mismo siendo exploradas por los jóvenes autores del Mumblecore Cinema. Ciro ( 2010 ) de Duplass y Duplass es un retrato de la soledad y el ansia de amor en la América moderna. Estructurado como una comedia romántica, la película retrata la lucha entre John, una divorciada en sus 40 años de edad que ha caído en el amor con Molly, y Cyrus, un hombre de 21 años que mantiene una relación edípica con su madre: Molly. La cámara y los escenarios son casuales, fieles a la estética de filmar con lo que esté disponible, en donde sea posible y con quienes quieran actuar. A medida que el trabajo de los cineastas ingeniosos amenaza el monopolio, Hollywood, París y Bombay agonizan haciendo alarde de sus astronómicas inversiones en música, dirección de arte, celebridades y efectos de edición rimbombantes.

4. Escenarios latinoamericanos
El drama del cine latinoamericano es aquel de producir películas según los criterios de Hollywood y el cinema europeo. Incluso Gilles Deleuze retrocedió ante este espinoso asunto, dejando testimonio de su falta de voluntad para discutir la producción de películas en un entorno condicionado por el lucro.
 

Al igual que cuando la imprenta revolucionó la industria literaria, la tecnología digital permite la emergencia de ingeniosos cineastas de todo el mundo. Los problemas de distribución son resueltos por los avances en la tecnología de Internet, por lo que las películas ingeniosas son ubicuas. La política del hambre expuesto por Glabuer Rocha es sanada por el superávit de la era digital. Escenarios impresionantes, vestidos y decoraciones se reducen a lo que está disponible. Es cuestión de tiempo antes que Youtube y Vimeo pierdan también su exclusividad como plataformas de exhibición audiovisual. Los programas de software permitirán la fácil creación de efectos de chroma-key, facilitando o abaratando la industria cinematográfica del mismo modo que Instagram lo ha hecho con la fotografía. La proliferación de licencias de creative commons reformula al mismo tiempo la economía del espectáculo, hasta ahora organizada en torno al copyright.
 

Dichas prácticas anuncian la crisis del antiguo sistema de venta y distribución de filmes de Hollywood. Netflix se ha instaurado como el modelo a seguir, pero el intercambio global de música y video a través de torrentes amenazan su existencia. Nuevas figuras de mecenazgo aparecen  con  carácter  participativo,  ya  sea  mediante  donaciones  o  en  las  plataformas  de Crowdfunding como Kickstarter (https://www.kickstarter.com).
 

Ahora, ¿qué validez tiene la libre expresión en una nación en donde predomina el criterio del grupo sobe el individuo? El mayor impacto de las redes sociales originarias de los Estados Unidos en el tercer mundo ha sido aquel de tratar a cada hombre, mujer y niño de acuerdo a su dignidad. Esta aseveración, propia de la ilustración (Kant, 1784) resultaba contraria a un ciudadano educado en el discurso neocolonialista de la nación-estado. La reticencia del latinoamericano a hablar de sus vivencias íntimas responde ciertamente a la cultura patriarcal celebrada por Octavio Paz (1950) en El Laberinto de la Soledad, mito moderno atribuido a la apasionada traición de Malinche, pero así mismo al neocolonialismo europeo que preconiza la dependencia económica, social y cultural de sus dominios perdidos.
 

Los cambios recientes en las leyes de las naciones latinoamericanas del cono sur, como la aprobación del matrimonio homosexual y la legislación del consumo de marihuana coinciden con el auge de las practicas de interacción audiovisual y multimedia de las redes sociales. Edward De Bono (1985), quien acuño el término Pensamiento Alternativo (Lateral Thinking) para designar las estructuras variadas del pensamiento, señalaba que las ideas se imponen por sí solas; y en particular cuando la sociedad precisa de nuevas soluciones a antiguos problemas. En efecto, al asumir su gobierno J.F. Kennedy proclamó que era absurdo que se hablara en la constitución americana de la igualdad del hombre desde el siglo 18 a la par que se discriminaba a los afroamericanos en los estados sureños.
 

El neocolonialismo tampoco precisa de debate para ser refutado; los postulados de la carta universal de los derechos del hombre son hoy la ideología predominante en las plataformas de internet. Las actitudes arrogantes de los caudillos latinoamericanos -tema recurrente de los escritores del Boom-, y el discurso patriarcal arriba señalado son ya expresiones extrañas a la generación de las redes sociales.

5. Conclusión
¿Cómo crear espacios universales de comunicación audiovisual sin censura? Es la pregunta que acucia hoy tanto a gobiernos ávidos de control como a hackers, internautas y ciudadanos comunes. La creación de grupos privados de internet ya es una solución: se adquiere una existencia  virtual  como  ghetto  o  sociedad  secreta  bajo  la  leve  supervisión  de  tecnologías policiacas de control.


También podríamos considerar la propuesta de Disraelí a una Inglaterra victoriana dividida por  el  voto  universal.  La  solución  del  ministro  británico  fue  la  de  otorgar  sufragio exclusivamente a los ciudadanos con propiedad privada. Dicho modelo puede aplicarse hoy al internet, creando círculos de comunicación a los cuales se llega mediante el nivel de estudios de los participantes. Así las declaraciones de odio racial que pregone un niño, o las amenazas de bomba de una niña no tendría la misma validez que las declaraciones de un periodista en Twitter.
 

Hablar de Latinoamérica como centro de reforma de las prácticas culturales puede sonar optimista, y sin embargo es Latinoamérica la región que puede entregar al mundo su utopía. La elección del Papa Francisco ha enseñado al mundo el carácter compasivo de los latinoamericanos, como sólo se veía en sus exitosas telenovelas. El melodrama, que Gramsci considerara el lenguaje del pueblo, cumple de hecho una función de reconstrucción social, en consonancia con los postulados de la comedia antigua (Santander, 2014). Por otra parte los cambios climáticos y la abundancia de recursos naturales en una era en que la industria altera la ecología, otorgan al continente una importancia sin precedentes; prueba de ello las recientes inversiones en minería a cielo abierto. Cabría también a Latinoamérica postular una nueva organización económica mundial, aquella que reemplazará la ya a punto de estallar economía especulativa.
 

Las condiciones idóneas para la reorganización económica y social desde la libertad de expresión, la democracia participativa y la defensa de los derechos humanos son posibles en Latinoamérica precisamente por su pasado de represiones y protestas. La coyuntura entre el free hardware o la tecnología sin costo, la democratización de los medios de producción cultural, la ventaja geográfica en tiempos de cambio climático y la riqueza de recursos naturales aceleran su desarrollo social, y en ese proceso de construcción cabe a los nuevos directores audiovisuales latinoamericanos representar sus sueños desde sus cicatrices.

Referencias 

     Asimov, I. (1951).  Foundation. New York: Gnome Press.
   Aristóteles, Poética.   De Bono E. (1985). Six Thinking Hats. London: Penguin. 
   Deleuze, G. (1985). Cinema 2. L’Image-Temps. Paris: Les Éditions de Minuit.   Denby, D. (2005). Herder: culture, anthropology and the Enlightenment. History of the Human Sciences, February 2005 vol. 18 no. 1, 55-76   Grotowski, J. (1968). Towards a Poor Theatre. New York: Clarion.
  Gramsci, A. (1950). Quaderni dal carcere. Vol. 3: Letteratura e vita nazionale. Turin: Einaudi.
   Guillebaud, J. (1998). La Tryrannie du Plaisir. Paris: Éditions du Seuil.
   Horkheimer, M. y Adorno, T. (1944). Dialéctica de la ilustración. Fragmentos filosóficos. Madrid: Trotta. Jay, M.
    Kant, I, (1784). ¿Qué es la Ilustración? México D.F.: Fondo de Cultura Económica.
    Malone, A. (productor). (1980). Cosmos. [serie de televisión] . Public Bradcasting Service.
  Ministerio de Cultura. (2007). Estudio prospectivo de la formación Audiovisual en Colombia al año 2019. [Versión del SINIC]. Recuperado de http://www.sinic.gov.co/SINIC/Publicaciones/ PublicacionesDetalle.aspx?AREID=2&Id=568&SECID=66&SERID=20&TIPO=P
    Nearman, M. (1989). Sentir y actuar según Zeami. En Giorgio Antei (Ed.), Las Rutas del
Teatro (243- 252). Bogotá: U. Nacional.
  Peirce, C. (1931). Collected Papers. Cambridge: Harvard University Press.
      Pavis, P. (1980) Diccionario de Teatro. Barcelona: Paidos.
    Paz, O. (1959). El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica.
    Santander (2014),  Origen y variaciones simbólicas de Yo soy Betty la fea: el melodrama latinoamericano y su relación directa con la Comedia Nueva de la Grecia Antigua [En imprenta].
Recuperado de https://www.academia.edu/1092473/Las_raices_de_Betty_la_Fea_el_melodrama_latinoamericano_y_su_relacion_directa_con_la_Co media_Nueva_de_la_Grecia_Antigua
   Spengler, O. (1918). The Decline of the West. New York: Oxford UP.
    Wakeman,  J. (Ed.). (1987).  World Film Directors I. New York: The H.W. Wilson Company. Williams,  R. (1981).  Cultura, Sociologia de la comunicaci6n  y del arte. Barcelona: Paidos.

Tuesday, January 28, 2014

Reflexiones sobre la exaltación por el Presidente Santos

¿Cómo vivir una vida venturosa? Si, como escribían textos antiquísimos, la felicidad estaba en la mente, se trataba de ser maleable ante cada circunstancia, cada percance, cada obstáculo y cada peligro; ser el agua que se abandona a su caudal y que al confrontar obstáculos espera pacientemente hasta encontrar ya sea la grieta de su escape o la tranquilidad de un dique; ser el fuego que se inflama contra la injusticia -pues el mayor yugo es el de la connivencia- y habla, aún a costa de la furia del status quo.


Mi peregrinaje voluntario me ha acostumbrado al anonimato, y en el world's stage he asumido los roles del portugués, el hindú, el turco, el árabe, el chicano e incluso el musulman del sur de Kirguistán. Pero todo tiene sus límites, y en alguna ocasión, luego de cruzar bajo el Canal de la Mancha, en una escena afín a "La Pimpinela Escarlata" fui tomado por un pakistaní sospechoso.




Mi mayor pasión, además del teatro, ha sido  y es el aprendizaje. Menciono aquí que no se trata de una simple recolección de datos, un vicio que produce autómatas, aquellos que lastimosamente contratan a granel la mayoría de universidades, aquellas regidas por rectores que no son sabios sino políticos; guías de la educación, sino impostores. Se trata más bien de una revisión de datos; así, por ejemplo, el filósofo lee para resaltar ideas que la tradición ha olvidado o para corregir interpretaciones que hoy en día prueban ser contraproducentes: interpretaciones resguardadas por el conformismo o la docta ignorancia. Desde pequeño siempre me esmeré por frecuentar a los más rebeldes e indisciplinados, y lo hacía, creo, por disociarme de los más conformistas. Tanto el poeta, como el actor y el filósofo encuentran su mayor obstáculo en el conformismo que impera en una sociedad. Pero a diferencia del político, el poeta no pretende eliminar, sino comprender y embellecer el sistema. Cortazar y Beckett han sido, con su poesía, reformadores, educadores, filósofos y estadistas. 

Mi niñez y mi adolescencia halló refugio en los libros; mis padres se preocupaban tanto que me obligaban a ir a las fiestas, hasta cuando a los 14 años, en una fiesta animada por Lucho Bermúdez leí "Drácula" de Bram Stoker, mi traje oscuro descollando impertinente en el mar de sillas y mesas de manteles blancos que los invitados habían abandonado para bailar.  Habiéndome propuesto cuando menos leer una novela, un poemario, una revista especializada, un libro de cuentos, un tratado filosófico o una obra de teatro a la semana, además de periódicos, adquirí miopía a los 18 años. De algún modo siempre supe que las ideas que el universo o Dios me entregaría tras largos años de estudio merecían ser representadas. Mi mayor felicidad es transmitir a alguno de mis lectores las emociones y destellos que aún recibo de tantos escritores, artistas y poetas; cierto día un joven me escribió de Italia para confesarme que la lectura de "Zenón, Aquiles, la Tortuga y la demostración del infinito" lo había persuadido de abandonar su carrera de sociología para dedicarse a la filosofía. 

Escribí sin dogma obras de teatro y guiones de cine. Mi roca es la fe, esto es, la autodeterminación. Es fácil desfallecer; el heroísmo es perseverar. Mi mayor privilegio fue el de explorar el cine en todas sus expresiones como docente en nueve universidades del mundo. Mis lecturas continuaron paralelamente, con ensayos que fueron publicados por revistas de talla internacional como "The Philosopher" de la Sociedad Filosófica de Inglaterra. Realicé tres largometrajes independientes, entre ellos, mi versión de Hamlet, reflejo de mis incomodidades ante la organización de la economía mundial. "Nuevas Tardes en Manhattan" fue mi primera novela, publicada por familiares en Bucaramanga (2000) y luego, tras las caídas de las Torres Gemelas -descritas al comienzo de ésta-, por la editorial La Buganville en Barcelona (2002). Su lanzamiento en España sería, según su editor, un evento editorial, pero su muerte repentina fue un revés, un punto de giro que me preservaría en la Academia. 



Hoy recibo con orgullo este enaltecimiento de mi nación y del Señor Presidente de la República de Colombia. Agradezco a todos quienes me han acompañado en esta senda de conocimiento, y al lector, lectora o lectores de mi obra que me nominaron a un reconocimiento tan importante en la vida de cualquier hombre.





Sunday, October 6, 2013

Poe, ‘’La Máscara de la Muerte Roja’’ y su correspondencia con la civilización occidental

La profecía podría ser la manifestación más misteriosa de la mente humana. El Libro de las Revelaciones, las Centurias de Nostradamus y los Tres Secretos de Fátima son mensajes ambivalentes sobre el destino de la humanidad. Mientras que su propósito principal es el de advertir a sus lectores sobre las consecuencias de la venganza, la arrogancia y la impiedad, su veracidad depende de manifestaciones destructoras. 
Más misteriosa que la inspiración profética de niños y videntes  es la obra literaria que se adelanta a la realidad. En 1898 el marinero y escritor Morgan Robertson publicó Futilidad, una novela que describe el naufragio del Titan, el crucero más lujoso del mundo, el cual es embestido por un témpano de hielo sobre el océano Atlántico. Robertson anticipó por catorce años el hundimiento del Titanic. Presentando proféticamente una guerra mundial en 1940, H.G. Wells escribió La Forma de las Cosas por Venir en 1933, una novela de ciencia ficción que describe el ascenso al poder de una clase de tecnócratas y las incursiones de la Luftwaffe sobre Londres. Wells escribió así mismo la adaptación de su novela para el filme Cosas por Venir (1936), dirigido por William Cameron Menzies. Este último puede ser fácilmente confundido con material documental sobre el bombardeo de Londres[1].  
En 1842 el poeta y escritor norteamericano Edgar Allan Poe escribió La Máscara de la Muerte Roja, un cuento que narra la historia de Próspero, un acaudalado príncipe italiano que muere en su esfuerzo por prevenir la peste. Ciento sesenta años después de su publicación La máscara de la Muerte Roja recuenta los temores de nuestra civilización.
Las primeras líneas de la narración de Poe anuncian la combinación mortífera de pobreza y peste en el así llamado tercer mundo: «Desde hacía tiempo la 'Muerte Roja' devastaba la comarca. Ninguna pestilencia había sido ni tan fatal ni tan abominable. La sangre era su marca y su avatar; la rojura y el horror sanguinolento. Se sufrían dolores agudos, mareos repentinos y un desangramiento profuso por los poros, con disolución. Las manchas escarlatas en el cuerpo de una víctima, y particularmente sobre su rostro, eran los sellos que la segregaban de la piedad y simpatía de sus congéneres». La globalización se ha establecido como el sistema de clases más refinado y selectivo. La esclavitud ha sido reemplazada por la mano de obra abaratada. Las naciones más prósperas se han convertido en los prestamistas de millones de hombres y mujeres que devengan un salario de cerca de cien dólares mensuales por una semana de trabajo de cincuenta y cuatro horas. Su prosperidad se basa en las tazas de interés de sus préstamos. Los productos y mercancías de Asia, África y Latinoamérica son comercializados en sociedades prestantes bajo condiciones draconianas, luego de competir con economías locales  sobreprotegidas. La mayoría de las democracias del mundo son mise-en-scène que disimulan la corrupción de oligarquías enriquecidas: familias de terratenientes, mercaderes y tiranos que apenas titubean al momento de vender los recursos de sus países natales por una contribución legal a sus cuentas bancarias en Suiza o Mónaco.
Las naciones pobres ya no se granjean la piedad y simpatía de sus congéneres más civilizados. Su miseria es desconocida, deformada e idealizada. Durante los años recientes las amenazas de guerra biológica se reducían a las naciones menos acaudaladas; el temor de una pandemia, sin embargo, es real.  A los ojos del mundo más civilizado la masa más pobre no alcanzan ni tan siquiera la condición de los leprosos; privada de electricidad y educación su misma existencia es denegada. Y aún así, este mundo subcategorizado contiene a las cuatro quintas partes del género humano. A pesar de los logros de la ciencia y la tecnología nuestra organización política revive tiempos antiguos. Como en las eras más oscuras, el mundo se divide entre un imperio minoritario y los habitantes de un mundo desconocido, bárbaro, feroz y desesperado.
«Pero el príncipe Próspero era ecuánime, atrevido y sagaz (…) Reconocía los colores y sus efectos.  La decoración de moda no le interesaba. Sus propósitos eran impulsivos y perspicaces, y sus ideas resplandecían con lustre ecológico. Algunos lo creían demente, pero sus seguidores disentían; bastaba con oírlo, verlo y tocarlo para cerciorarse de su cordura». Poe incluso predice las virtudes de los actuales gobernantes de nuestra cultura occidental. Nuestras opiniones sobre una coalición global contra el terrorismo están dividas; mientras que los pacifistas aseveran que el daño colateral causado por la fuerza aérea de las naciones más prósperas propagará aún más terrorismo, quienes apoyan a la administración coercitiva insisten en su capacidad de controlar y suprimir atentados suicidas. Su armamento y sus satélites no solamente son los más sofisticados del mundo; también inspiran el respeto o el miedo de sus aliados y enemigos.
«Cuando la mitad de sus dominios fueron desolados, él convocó a su presencia a mil de sus amigos, los más robustos y despreocupados entre sus caballeros y cortesanas, y los condujo al bosque para recluirse en una de sus abadías fortificadas. Esta cartuja poseía una estructura extensa y magnífica; la creación de un príncipe excéntrico, de gusto imperial. Un muro fuerte y empinado la salvaguardaba; una vez adentro los cortesanos, previamente provistos de fraguas y martillos macizos, soldaron las puertas de hierro que lo circundaban. Se había resuelto eliminar los medios de ingreso y egreso para prevenir los impulsos repentinos que el desespero y el frenesí del enclaustramiento prolongado pudiesen provocar. Ya la abadía había sido generosamente abastecida; con semejantes preparativos los cortesanos podrían burlar cualquier contagio. El mundo externo se defendería por sí mismo; entre tanto todo lamento o pensamiento sería baladí; el príncipe había desplegado todos sus entretenimientos placenteros: habían bufones, habían saltimbanquis, habían bailarines, habían orquestas, había Belleza, había vino. Todo esto, además de seguridad, estaba adentro. Afuera deambulaba la Muerte Roja».
Mientras hay países que "protegen" a niños emigrantes en campos de "refugiados", en Europa el neonazismo presiona por una política más recia contra los emigrantes. Aunque la obra de mano barata fue desesperadamente requerida por Europa durante las décadas posteriores a la segunda guerra mundial, ésta ha devenido ahora redundante ante las miríadas de tercermundistas que cruzan el Mediterraneo. Las leyes de la globalización permiten que las compañías multinacionales construyan sus fábricas en los países subdesarrollados, en donde sus empleados se conforman con magros salarios. Las cosechas de frutas de los Estados Unidos son recogidas, año tras año, por cientos de emigrantes ilegales centroamericanos bajo la connivencia de autoridades federales y municipales. Como el príncipe Próspero, el mundo que organiza la economía, construye una muralla o sistemas de misiles con el supuesto propósito de proteger a su país contra las amenazas del mundo exterior. Luego de las manifestaciones de fraternidad y simpatía exhibidas durante los años de la guerra fría, las naciones más prestantes cierran sus cortinas de hierro. «El mundo externo se defenderá por sí mismo», es el argumento que justifica la indolencia del príncipe Próspero, cuya intención fue, esencialmente, la de repeler las incursiones de sus vasallos: deseperados atraídos por su felicidad y su fortuna, dispuestos a irrumpir en su abadía para diseminar el caos contra su voluntad. Su temor corresponde a los temores de nuestra generación. Hora tras hora cientos de infelices pierden sus vidas al cruzar los mares que protegen los suelos de las naciones más prósperas. Cito, verbigracia, el testimonio que la prensa publicó de Vito Diodato, capitán de uno de los botes pesqueros que rescataron a siete emigrantes sobre la costa italiana, noticia entonces ampliamente difundida. Cincuenta hombres, mujeres y niños se ahogaron ante un navío patrulla de quince mil toneladas, el cual «rehusó atender a clamores de socorro y actuó sin prisa cuando el bote de los emigrantes fue volteado por una ola gigantesca (…) La imagen más espantosa fue la de una mujer negra forcejeando con otros pasajeros por alcanzar una botella de agua para su bebé. En medio del ajetreo fue abatida con un puño en su cara (…) Yo la vi ahogarse cuatro horas más tarde, luego de aferrarse sin fuerzas a un salvavidas que encontró en las aguas».  
La ideología que conduce a esta mujer a sacrificar su vida y la de su bebé por un sitio en el mundo adinerado es la misma ideología que modela el aislamiento y egoísmo de las sociedades industrializadas de hoy: neocolonialismo. Este, en efecto, ya no es un sistema económico, sino ideológico, fuertemente centralizado; la vida en las antiguas colonias se ha tornado fantasmagórica, desamparada, inmerecida y banal, mientras que el lustre de los saltimbanquis californianos y londinenses se eleva sobre todas las aspiraciones del género humano.
«Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su aislamiento, cuando la peste alcanzaba su punto álgido en la comarca, cuando el príncipe Próspero decidió entretener a sus amigos  con un baile de disfraces magnífico, extraordinario».
Riqueza, lujo y exceso consagran a una pequeña región del mundo sobre todas las demás, región necesariamente desterritorializada, que excluye el tercer mundo dentro del primer mundo y el primero dentro del tercero. Los medios de comunicación realzan la superabundancia de dichas regiones, tornándolas en los principales escenarios de la historia. Un sentimiento artificial de inclusión y de exclusión crece dentro y fuera de las sociedades modernas. «¿Cómo puedo ir a Broadway?… Quiero ir al centro de todo[2]», asevera uno de los personajes de «Manhattan Transfer» luego de desembarcar en los Estados Unidos. Broadway, no obstante, es descrito por Dos Passos como cualquier calle hacinada, sobre la cual la gente camina en todas las direcciones. La ideología neocolonialista es apenas estremecida por catástrofes y desastres naturales. En 1985 veinticinco mil personas murieron en Colombia como resultado de un desastre natural. Tres días más tarde los medios de comunicación bogotanos señalaban con orgullo que por una semana Colombia había sido el centro de atención del mundo; ese mundo se reducía a un puñado de periódicos de Japón, Europa occidental y el mundo anglosajón
Luego de invitar a sus parientes y amigos, el príncipe Próspero celebra su mascarada en seis de los siete salones de su fortaleza, pues «en el salón occidental, o de ébano, el efecto de la luz de las lámparas que se filtraba sobre las pesadas colgaduras mortuorias a través de los vitrales sanguinolentos, era espectral en extremo, y producía un gesto tan desencajado sobre el rostro de sus huéspedes, que muy pocos osaban aventurarse en sus precintos. Era además en este apartamento en donde un reloj gigantesco de ébano se erigía contra la pared occidental. Su péndulo oscilaba de un lado a otro con un clamor pesado y monótono; y cuando el minutero consumía el circuito de su rostro, y cuando la hora estaba cerca de anunciarse, surgía de sus pulmones metálicos un sonido claro, profundo, fuerte y, sobre todo, musical, aunque de una nota y un énfasis tan peculiar que al fin de cada hora los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir, momentáneamente, su interpretación para percibir aquel tañido; y así, inevitablemente, las parejas de bailadores cesaban sus meneos, y un breve desconcierto se cernía sobre toda la compañía de divertidos; y se podía observar que mientras los campaneos del reloj aún resonaban, los más frívolos palidecían y los más maduros y aplomados pasaban sus manos sobre sus frentes, como presas de un ensimismamiento o meditación confusa.»
Mientras discutimos el juicio y la voluntad de nuestros caudillos, concedemos al Tiempo el comando supremo de nuestra existencia. Poe teje su narración alrededor de un reloj tenebroso y solemne, recuerdo urticante de los límites de nuestras horas.  Los ancianos, al igual que los jóvenes y los más alegres, son estremecidos por sus campanazos. A pesar de los esfuerzos de cirujanos plásticos e ingenieros genéticos, millones de seres humanos mueren día a día. Las cifras sobre los promedios de vida son engañosas: favorecen a los países con las más bajas tasas de nacimiento. Nadie conoce su última hora; nadie sabe sus circunstancias. La muerte cercena la existencia de hombres y mujeres sin reparar en su edad, en su credo o en su linaje. Guías espirituales y filósofos como Jesús, Buda, Socrates, Boecio, y Montaigne sobresaltan las ventajas de una vida sin temores. Pero nuestras sociedades, tal y como nuestros perspicuos líderes las han entendido, se basan en el miedo: miedo a ser ridiculizado, miedo a ser perseguido, miedo a deprimirse, miedo a morir. Una comunidad sin miedo a la muerte deterioraría la solidez de un sistema que produce, inculca y controla sus miedos. Los presupuestos de defensa son aprobados de acuerdo al miedo que el mundo inspira en nuestros políticos. La avaricia crece, pues los más acaudalados temen volver a un estado menos acaudalado. Los emigrantes del mundo subdesarrollado arriesgan sus vidas por miedo a la hambruna. Pero el miedo, como la esperanza, es una especulación azarosa sobre el futuro. A pesar de la guerra, el hambre y la enfermedad, la vida humana continua en las naciones más pobres. Por otra parte las naciones más 'seguras' del mundo han demostrado su vulnerabilidad al terrorismo local e internacional. La realidad es que nadie puede controlar el destino de un universo supeditado a su destrucción.
El once de septiembre de 2001, los tañidos del reloj de ébano de Poe fueron estrepitosamente oídos. Su impacto psicológico sobre la población de los Estados Unidos requería no solamente un diálogo sobre la organización política del mundo, sino también una reflexión metafísica sobre el propósito y el sentido de su existencia. En su lugar clérigos dogmáticos y políticos necios redujeron el problema del islamismo radical a un forcejeo entre el bien y el mal. A medida que los ejecutivos de la industria de armamentos se enriquecen más y más, los ciudadanos de las naciones más prósperas recobran su entumecimiento metafísico.
«Pero cuando los ecos [del reloj] cesaban, una hilaridad liviana se difundía entre los convidados; los músicos intercambiaban miradas y sonreían por su demencia y nerviosismo, musitando votos de que el próximo tañido del reloj no habría de producirles una emoción parecida (…) Hasta que el reloj comenzó a exhalar los tañidos de la medianoche, y la música cesó (…) Y así, antes de que se ahogaran en el silencio los últimos ecos del último campanazo, varios comensales descubrieron la presencia de una máscara hasta entonces desapercibida. Y habiendo corrido en un susurro la noticia de su intrusión, se suscitó entre la concurrencia un cuchicheo, un murmullo significativo de asombro y desaprobación, y luego, por último, de terror, de horror y de repugnancia (…)  El personaje era alto y descarnado y estaba envuelto en un sudario de pies a cabeza. La máscara que ocultaba su rostro representaba tan bien el semblante de un cadáver rígido, que el análisis más minucioso difícilmente hubiera descubierto el artificio. No obstante, todos aquellos locos desenfrenados la hubieran podido soportar, si no aprobar. Pero el fantoche había osado adoptar el tipo de la Muerte Roja. Sus vestiduras estaban empapadas de sangre, y su amplia frente, al igual que los rasgos de su rostro, estaban salpicados del horror escarlata.»
«Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre esta figura espectral —la cual, con un compás lento y solemne, como para mejor consumar su papel, se zarandeaba de un sitio a otro entre los bailarines—, se le vio, en primer lugar, convulsionarse en un violento estremecimiento de nausea y horror, pero casi enseguida su frente enrojeció colérica.»
«— ¿Quién se atreve —preguntó con voz ronca a los cortesanos que lo circundaban—, quién se atreve a insultarnos con esa burla blasfema? ¡Apoderaos de él y desenmascaradle! ¡Que sepamos a quién hemos de ahorcar en nuestras almenas al amanecer!»
«Era en la sala siniestra, o sala azul, donde se encontraba el príncipe Próspero cuando pronunció estas palabras, las cuales resonaron fuerte y claramente a través de los siete salones, pues el príncipe era un hombre temerario y robusto y la música había enmudecido a una señal de su mano. Era en la sala azul en donde estaba el príncipe con un grupo de cortesanos pálidos a sus costados. Primero, mientras él hablaba, hubo entre el grupo un leve movimiento de avance en dirección del intruso, quien durante un momento estuvo casi al alcance de sus manos, y que ahora, con paso deliberado y continuo, se acercaba más y más al príncipe. Pero, por cierta reverencia indefinible que la audacia insensata de la máscara había inspirado entre los convidados, no hubo nadie que pusiera la mano en ella, aun cuando, sin encontrar ningún obstáculo, pasó a dos pasos de la persona del príncipe; y en tanto que la inmensa asamblea, como si obedeciera a un solo movimiento, retrocedía del centro de la sala a las paredes, la máscara continuó su camino sin interrupción, con aquel mismo vaivén solemne y mesurado que la había distinguido desde el principio, de la sala azul a la sala púrpura, de la sala púrpura a la sala verde, de la verde a la anaranjada, de ésta a la blanca, y de la blanca a la violeta, antes de que nadie hiciera un movimiento decisivo para detenerla. Fue entonces, cuando el príncipe Próspero, exasperado de cólera y vergüenza por su momentánea cobardía, se lanzó precipitadamente a través de las seis salas sin que nadie lo siguiera, porque un terror mortal se había apoderado de la concurrencia. Blandía un puñal y se había aproximado impetuosamente a una distancia de tres o cuatro pasos del fantasma que se batía en retirada, cuando éste, llegado a la proximidad de la sala de los terciopelos, se volvió bruscamente afrontando a su perseguidor. Hubo un grito agudo, y el puñal se deslizó relampagueante sobre la alfombra fúnebre; casi de inmediato el príncipe cayó postrado sobre ésta en un rictus de muerte. Entonces, invocando el frenético valor de la desesperación, una multitud de máscaras se precipitó a la vez en la sala negra, y, asiendo al fantoche que se mantenía, como una gran estatua, rígido e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, se sintieron sofocados por un terror innombrable al descubrir el sudario y la máscara cadavérica —arrebatada con furia inusitada—, desprovistos de formas tangibles.»
La prosa de Poe se torna macabra. La historia del príncipe Próspero advierte al lector sobre la inminencia de la muerte, y sobre el esfuerzo inútil de quienes pretenden sobrevivir a costa del resto del mundo:
«Todos reconocieron entonces la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y los desenfrenados cayeron uno a uno en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la postura desesperada de su caída. Y la vida del reloj de ébano acabó con la del último de aquellos divertidos. Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y las Tinieblas, y la Decadencia, y la Muerte Roja ostentaron dominio ilimitado sobre todos.»
Su último párrafo es apocalíptico para sus personajes y admonitorio para sus lectores. La mayoría de los vasallos de Próspero sobreviven y una nueva generación de hombres y mujeres pueblan la comarca. 
Siglos más tarde, en un país remoto, un poeta escribe la historia de un hombre saludable que desafía la generosidad de la fortuna. Su poder absoluto lo persuade de su habilidad para controlar su vida y su muerte; reacio a aliviar la enfermedad y la miseria de sus súbditos, este hombre se retira a su morada más segura: su palacio, para sumirse en una tranquilidad rayana en su muerte.


[1] Ni los filósofos están exentos del delirio profético. En 1790 Edmund Burke publicó Reflections on The Revolution in France, tratado que anticipa cronológicamente el legado de la revolución francesa, incluyendo el ascenso despótico de Napoleón Bonaparte.

[2] Doss Passos, John. Manhattan Transfer (Londres: Penguin, 1986), p.16.

Sunday, September 22, 2013

Procesos de Simbolización


Si bien es cierto que vivimos en un universo de símbolos, no lo es menos que cada símbolo se supedita a su construcción, su jerarquización y su destrucción de acuerdo a las variaciones de los deseos sociales y/o individuales.
An enchanter of serpents, still a symbol of India
La modelo, el inconforme, el bohemio, el santo y la guerrillera no son en realidad opciones de vida, sino símbolos que adquieren o pierden su brillo de acuerdo a la intensidad de su representación en los medios de comunicación. Dichos símbolos se imponen primordialmente como una síntesis absoluta; el significado, en efecto, acaba calcificándose, excluyendo las interpretaciones derivadas de su análisis. El símbolo de Juan Pablo II como líder del catolicismo, verbigracia, se impone sobre cualquier otra definición, por pertinente que sea. Es sólo a través del trabajo, no sólo de los exegetas y semiólogos, sino principalmente de los periodistas, que el significado de Juan Pablo II puede alterarse. Los símbolos de Hitler y Stalin han sufrido una transformación a raíz del discurso imperante, pasando de políticos a demagogos, de guerreros a déspotas y más recientemente a criminales. 

A stand in Montreal, Canada
La evanescencia del significado no es, en efecto, sino una ilusión académica, por cuanto todo proceso de comunicación social requiere de significados absolutos, sean estos capitalismo, iglesia, revolución, desempleo, o Madonna, Spielberg, Hollywood, Shakira. La síntesis absoluta aparece como una tendencia innata de la mente, tal y como Kant lo describiera en su primera crítica: “Cada fenómeno [empírico] incluye una realidad diversa inmersa en percepciones singulares y dispersas que vienen al encuentro de la mente. Como resultado de su combinación, dichas percepciones en sí mismas se tornan una necesidad, por cuanto ellas carecen de ésta en su propio sentido. Hay en nosotros, por lo tanto, una facultad activa que sintetiza la realidad variada. La llamamos la facultad de la Imaginación, en tanto que a la acción inmediata que ejerce sobre las percepciones varias le damos el nombre de Aprehensión”. La labor del crítico de la razón consiste precisamente en no dejarse engañar por las síntesis absolutas de su Imaginación; símbolos como Dios y mundo han de ser revaluados y comprendidos no como conceptos, sino como imperativos de la razón. Dicha labor atañe, empero, casi exclusivamente al académico, quien si acaso cuestionará y reformulará su universo simbólico; ya Juan Vives confesaba en el siglo XVI que cultivaba la filosofía para no dejarse engañar. Sin embargo, tal y como Kant lo entrevé, el símbolo como pensamiento calcificado se manifiesta anterior a todo cuestionamiento. Más aún, la producción de símbolos sociales es necesaria, incesante e ineludible, incluso para el librepensador que elija el escepticismo, la misantropía o el aislamiento; Sócrates hubo de tomar la cicuta por cuestionar la justicia, le educación y la poesía, símbolos profundamente arraigados en la vida política de Atenas; Jesús de Nazareth y Juana de Arco corrieron el mismo destino al cuestionar las jerarquías y los rituales ; más recientemente, cierta amiga de Wittgenstein estalló en llanto el día en que, luego de comentar que alguien tenía suerte, el filósofo vienés le pidió con tono irritado que le explicase lo que ella entendía por “suerte”. 
El propósito de este escrito no es, por lo tanto, el de cuestionar una serie determinada de símbolos, sino el de comprender sus procesos: su necesidad, su génesis, su aceptación, su divulgación, su vigencia, su revigorización y declive.

Necesidad de los símbolos
En tanto los índices y los íconos son necesarios, todo símbolo es ficticio; los íconos e índices de la naturaleza tales como el sonido de la lluvia y la imagen del arco iris se imponen como necesarios. El lenguaje, por el contrario, se manifiesta como una construcción artificial; los pronombres personales son los símbolos más empleados del habla, precediendo a los verbos ser, estar y haber, y a la conjunción y. Dichos símbolos son en realidad innecesarios, como lo comprueban los esfuerzos de ciertos académicos estadounidenses por construir una lengua equitativa que ora elimine al género femenino de la lengua, ora lo incluya junto al masculino simultáneamente −a la luz del comentario de Derrida sobre la preponderancia del primer elemento en toda conjunción o comparación-; su significante puede ser alterado –cada idioma denomina al pronombre de la primera persona del singular de un modo diferente-, al igual que su significante –el sol, quien fue un dios para los primitivos, es ahora, predominantemente, un astro-.
El símbolo podría ser incluso eliminado desde un punto de vista práctico, utilitario y materialista; bastaría imaginarse una sociedad de hombres tan eficiente y mecanicista como la de las hormigas o las abejas.  
Un crepúsculo carecería de misterio sin su dimensión simbólica
Los heraldos de la utilidad denunciados por Adorno tienen parcialmente la  razón cuando denuncian la inutilidad del arte; todas las invenciones simbólicas de los artistas, desde Edipo hasta Godot son innecesarias para la supervivencia corporal. El poeta nórdico que denomina a la nave arado de los mares no es menos artificial que el político que simboliza a tres países como Eje del mal.  Nada más absurdo, no obstante, que menospreciar los símbolos en razón de su artificialidad; son ellos precisamente los que permiten al individuo su comprensión y participación dentro de una comunidad determinada. En tanto que la mayor parte de los animales están obligados a reconocer los íconos e índices propios al sol, al viento, al día y a la noche, sólo el hombre es capaz de conmoverse ante símbolos enunciados por el idioma como los términos amor, maldad, virtud y enfermedad.
La mayor contradicción de los materialistas radica, de hecho, en el uso de símbolos para cuestionar lo simbólico; su comportamiento es afín al de un hombre que grita que el lenguaje es innecesario para su supervivencia.
Reaccionando al discurso práctico-utilitarista imperante, Baudrillard hubo de contraponer en El Espejo de la Producción el valor simbólico -propio al arte-, al valor de uso y al valor de cambio promulgados por Marx. En su pequeña obra de teatro El Cuadro, Ionesco escenifica humorísticamente la imposibilidad de diálogo entre un artista y un hombre netamente práctico; un pintor trata de vender a un burgués un cuadro por diez mil francos; el burgués discute el valor del arte y el pintor se ve obligado a rebajar el precio de su obra paulatinamente, hasta llegar a cinco francos. El burgués se niega. Dado que el pintor no tiene dinero para llevarse el cuadro de vuelta a casa, le pide al burgués que le guarde su obra, a lo cual el burgués replica que le cobrará un monto diaria al pintor por el alquiler de la pared de su sala. Baudrillard no se percató, empero, del valor simbólico de la misma filosofía que enunciaba. La obra de Marx, que fue interpretada tras la caída de la Unión Soviética como un compendió de símbolos que alteraron las relaciones sociales por casi cien años: burguesía, plusvalía, valor de cambio, etc., es ahora revaluada como un estudio que revela las causas y futuro de la crisis económica que ahora padecemos.

Génesis y divulgación de los símbolos
Es el hombre quien crea los símbolos a partir de signos anteriormente establecidos. Los individuos que crearon el lenguaje fueron esencialmente hacedores de símbolos; quienquiera que haya llamado al punto luminoso del firmamento estrella, y al líquido de los ríos agua, no estuvo menos inspirado que el antepasado latino que fraguó los símbolos astrum y aqua. La creación de símbolos da cuenta de la importancia que tuvieron los poetas en las sociedades primitivas; ellos no sólo denominaban, sino que además establecían el significado de los símbolos. La guerra, tan necesaria a las sociedades antiguas, fue un símbolo que pertinentemente refería en su cadena significante a la virilidad, el valor y la excelencia, lo que da cuenta de las razones por las cuales Esquilo prefirió un epitafio que celebrase su participación en la batalla de Maratón a sus victorias en los festivales de Dionisos.  Los cuestionamientos que Platón formuló contra el teatro de Eurípides se debieron, a su vez, a los esfuerzos que éste hiciese por revaluar la guerra como símbolo que refiriera ya no a la virilidad sino a la esclavitud y al sufrimiento.
La filosofía se instaura así, al igual que la poesía, como una labor de revisión simbólica. A menudo el filósofo entabla una competición con el poeta por la creación de símbolos, a menudo reemplazándolo.  Símbolos como teología, consubstanciación y física fueron instaurados en liceos y academias. Su labor fue paralela a la de los hacedores de símbolos anónimos, lo que explica el porqué Aristóteles reevalúa e integra constantemente el saber popular en sus escritos.
La era de los poetas y filósofos como hacedores primordiales de símbolos llegó a su crisis con el advenimiento de la imprenta; los símbolos comienzan a ser formulados y reformulados, ya no por un grupo cultivado o  inspirado, sino por quienes tienen acceso a las nuevas tecnologías, esto es, por los mismos impresores, quienes paulatinamente se fueron convirtiendo en editores y periodistas.
La era de la imprenta alteró, o para ser más preciso, polarizó, símbolos firmemente arraigados como iglesia, nobleza y servidumbre. La caída de la monarquía francesa no puede concebirse sin los panfletos de Marat, asaz más influyentes que las ideas germinales de Rousseau y Montesquieu. Los Estados Unidos, a su vez, lograron su símbolo como nación en virtud de la síntesis absoluta de la palabra libertad. La guerra de secesión ocurrió principalmente como una batalla por la supremacía del universo simbólico de la libre empresa, el libre comercio y la libre expresión, contra los símbolos caducos del centralismo, la aduana y la moral bíblica. El periodismo escrito daría a su vez paso al periodismo radial, sin el cual no es posible a su vez concebir el auge del nazismo en la Alemania de la posguerra, y al periodismo televisivo, el cual sacraliza y prolonga el actual orden global.

Revigorización y destrucción de los símbolos
Pero son los medios, más que los periodistas, quienes generan, divulgan, revigorizan y destruyen los símbolos. La preponderancia de Shakespeare como símbolo literario sobre Eurípides, Dante y Cervantes, no responde a los méritos o desméritos de su obra, sino a la frecuencia con la cual su obra es celebrada en los medios de comunicación predominantes.
La importancia de cada símbolo se conmensura, en efecto, no por su grado de certeza, sino por su permanencia. Es su celebridad, más que su aproximación a la verdad,  la que determina la permanencia de cada símbolo. Paradójicamente, la síntesis absoluta propia a cada símbolo ha de variar constantemente, so riesgo de anquilosarse hasta caer en el olvido, esto es, de destruirse.
Bernard Shaw fue, sin duda, el artista más influyente de fin de siècle del mundo anglosajón; la historia de su declive puede ser conmensurada por el escaso interés que sus obras habrían de suscitar en círculos académicos. Su exceso, en el proceso de simbolización, fue el de escribir prólogos a sus obras, cohibiendo así a profesores universitarios de concebir nuevos significados a sus obras. Un destino contrario corrió la obra de James Joyce, quien al ser interrogado sobre el propósito de Finnegans Week, dijo que era una obra escrita para que los profesores de literatura escribiesen tratados incesantes, fin que ya había alcanzado en cierto modo tras la publicación de Ulysses. Joyce era lo suficiéntemente agudo como para percibir la preponderancia de fuerzas escolásticas en el mundo literario, pero fue su escritura oracular la que realmente lo condujo a elaborar sus símbolos literarios.
La moda, hermana de la muerte e hija de la caducidad, como escribió Leopardi, estructura el tejido social, consolidando símbolos casi ineludibles: desde los ídolos de pop hasta los asesinos suicidas de las Torres Gemelas, desde la parentela de la reina de Inglaterra hasta los antihéroes de las películas de Marvel Comics. En Le Fantôme de la Liberté, Buñuel se deleitó denunciando las paradojas de los procesos de simbolización; sus personajes, en efecto, ya no actúan motivados por su propia voluntad, sino por un afán de hacerse partícipes del universo simbólico en el cual han sido inmersos contra su voluntad. Los comensales que defecan en grupo mientras departen una conversación, son el reverso simbólico de la etiqueta de una cena, y como tal se afianzan en la mente del espectador.
Adorno, por otra parte, ya había vislumbrado la dimensión fetichista de la obra de arte, la cual acaba sobreponiéndose a su áurea o dimensión espiritual. Dicho fetichismo, no obstante, se hace necesario, por cuanto evidencia un proceso de simbolización que redunda en la revaloración de la obra artística.
El artista, por lo tanto, no puede supeditar su arte exclusivamente a las categorías inmanentes de su obra, tales como talento y creatividad; se hace necesario un conocimiento y una participación en los procesos de simbolización propios a cada
generación, aquellos que los surrealistas identificaron antaño con el escándalo y los miembros de la escuela de Frankfurt con la risa, propia a la industria cultural.